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¿Traductor o clon? / Translator or clone?

By Darío Orlando Fernández | Published  03/28/2009 | Translation Techniques | Recommendation:
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Author:
Darío Orlando Fernández
Argentyna
angielski > hiszpański translator
 

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Foreword: Excuse me. Though my English is accomplished, it is not at all perfect. Therefore, I will write this article in Spanish. All translation contributions (to English or any other language) will be appreciated.

Agradecimiento: Deseo dar las gracias a Ivette Camargo López (http://www.proz.com/profile/3140) quien generosamante ha contribuido a pulir este artículo con una profesionalidad destacable.

Traducir una obra literaria, de cualquier género, es un trabajo desafiante y apasionante. Además de la aptitud lingüística, que a los fines de este artículo asumiré como apropiada, el condicionamiento principal es la actitud. Durante el desarrollo de su labor, el traductor debe tener siempre presente que no se trata solamente de traducir una sucesión de palabras, oraciones y párrafos a lo largo de páginas y capítulos. Se trata de una creación que alguien, "el escritor", inmerso en una determinada cultura, ha concebido de acuerdo con sus conocimientos, experiencias y vivencias personales. Una creación que otro sujeto, "el editor", se ha propuesto publicar con un criterio generalmente utilitario. Una creación a la que quizás miles de personas, "los lectores", accederán eventualmente con la expectativa de que contribuya en algo a sus vidas.

Como traductores nos encontramos en medio de todas estas entidades y debemos intentar conocerlas e interpretarlas con la misma o mayor idoneidad con la que somos capaces de traducir con exactitud y purismo cualquier frase en el idioma original.

Para comenzar, es necesario que conozcamos de la mejor manera posible al escritor. Esto puede lograrse por medio de la comunicación directa, informándonos biográficamente acerca del autor o leyendo alguna de sus obras. El segundo paso es leer y comprender concienzudamente toda la obra objeto de traducción, internalizar su contenido y apropiarse de ella. De algún modo, debemos convertirnos en el clon del creador. Disculpen si esto les parece herejía. Tal vez lo sea.

En el otro extremo se encuentra la audiencia de la obra traducida y publicada. Aquí valen las técnicas de la comunicación eficaz. Según las mismas, la comunicación eficaz es un proceso dinámico circular, de ida y vuelta. Un emisor (el autor) concibe una idea (la obra original) y la codifica en su leguaje nativo. El traductor decodifica y recodifica la idea (traducción) para transmitirla hacia el receptor (el lector). El receptor aplica su propio decodificador (educación, experiencia, vivencias, idiosincrasia cultural) e interpreta el mensaje transmitido (idea percibida) que puede o no coincidir con la idea original.

Las eventuales discrepancias entre idea original y percibida, se deben principalmente a diferencias entre los códigos utilizados y al ruido. El ruido se produce durante la transmisión del mensaje (publicación y distribución) y puede provenir del diseño de tapa, la calidad de impresión, la campaña de promoción, el canal de venta y muchos otros factores que generalmente escapan a la injerencia del traductor e inclusive a la del autor.

Por lo tanto, nuestra responsabilidad como traductores se limita a verificar los códigos utilizados en la emisión (nuestra traducción) y la recepción (lectura por un tercero). De algún modo debemos solicitar a uno o mas lectores que nos realimenten con la idea percibida. Para ello el lector aplicará su propio código de emisión y nosotros el nuestro de decodificación. Si las ideas (emitida y realimentada) coinciden, entonces la comunicación o traducción ha resultado eficaz.

He observado con demasiada frecuencia que las revisiones de las traducciones nunca llegan al traductor negándole de este modo la posibilidad de mejorar sus capacidades de codificación o traducción. Pareciera que se niegan a ofrecernos un sermón dejándonos persistir en nuestros eventuales pecados.

Llegamos así a la relación del traductor con el medio trasmisor: el editor. Independientemente de quien le contrate, si el traductor es el gen modificado bilingüe del escritor, no debe renunciar a ese rol ante el editor. No es esta una cuestión simplemente principista. No se pretende aquí establecer una conducta ética. Se trata de preservar la esencia de la obra pues, en caso contrario, el traductor está contribuyendo a su adulteración y difícilmente un billete falso, por bonito que sea, sirva a la larga para comprar el Paraíso. Creo que si el editor no comulga plenamente con el libro, es preferible que se encargue de escribir otro, incluso plagiando a "nuestro" autor. ¿Nuestro? Sí, a estas alturas pienso que ya estamos muy identificados con el escritor.

A menudo todo esto lleva a una situación difícil. Su remedio es justamente nuestro conocimiento de "lo" original (autor y creación), nuestra idoneidad para comprender dos idiomas y nuestra capacidad transcultural. Muchas veces el editor no cuenta con estas herramientas. Es nuestra responsabilidad actuar como representante del creador, ser su negociador y el defensor de la creación. Temo que nuevamente me han tentado las expresiones heréticas y mesiánicas. Ruego indulgencia.

Con justa razón, muchos dirán que nadie recompensa al traductor por semejante esfuerzo. Ver la versión traducida del libro en los escaparates de las librerías reales o virtuales es tal vez la única satisfacción adicional que obtendrá el traductor. Sin embargo, creyentes o no, tengan por seguro que el creador se los agradecerá.

Amén.

Darío Orlando Fernández, Buenos Aires, marzo de 2009

Traductor del libro "Los Límites de la Violencia o Lo que aprendí de Lenin, el Che y Mandela" por Ira Chaleff.


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